miércoles, 1 de junio de 2016

Los Inescrutables Caminos de la Fuerza II: Inquisición - Capítulo II


Continuamos con el segundo capítulo del relato de nuestro amigo, David Quesada, titulado, "Los Baluartes de la Fuerza".
 
CAPITULO II
Los Baluartes de la Fuerza


Sylas abrió las puertas de la armería. Cada vez que él o los Inquisidores Mayores derrotaban a un usuario de la Fuerza guardaban allí las armas láser de éstos y las destinaban para ocasiones especiales, como era la de Geralt.

—Has superado tu graduación —dijo adentrándose en la estancia abovedada junto con su aprendiz—, y como has elegido el adoctrinamiento marcial de bastón, espadas duales y danzantes, tienes derecho a elegir una de estas quince espadas para sí completar tu vara de combate.

—Es imponente, maestro —afirmó Geralt mirando con estupor los sables, perfectamente ordenados y colocados en las paredes. Cerró los ojos, extendió las manos permitiendo que la Fuerza lo guiara.

—Tómate tu tiempo —Sylas reposó sus manos sobre los hombros de Geralt, intentaba calmar la emoción de éste permitiéndole así centrarse mejor—, Geralt, siente el poder de los adegan de todas y cada uno de los armas.

Geralt se concentró sintiendo un creciente hormigueo en las puntas de sus dedos. Movió lentamente su mano derecha de un lado al otro de la sala hasta que el hormigueo se extendió de la mano al brazo, extendiéndose hasta la cabeza. Usó la Fuerza para hacer llegar a él el arma que desencadenó aquella sensación. Asió con firmeza el sable, lo primero que sintió fue su forma irregular y el frio metal. Al abrir los ojos observó

el arma; un sable de cromado reluciente y formas lineales impolutas.

—La Inquisidora Mayor Arrgaxcena dio muerte al Jedi propietario de ese sable —le hizo saber Sylas sonriendo ante la cara de satisfacción del joven inquisidor—. Ahora es tuyo. Debes decidir si quieres reforjar la estructura para adaptarlo al del Sith que mataste o extraer el adegan e insertarlo en la otra parte de la vara. —Sylas se puso frente a Geralt, el muchacho apenas le prestaba atención, maravillado con su nueva adquisición. Él sabía que para los torque era un gran honor portar un sable conseguido por un Inquisidor Mayor .

—Quiero conservar la otra parte del bastón que forjé —respondió con los ojos vidriosos por la emoción—. Los dos sables que formaban la vara fueron el primer trabajo que hice con mi maestro y no hay que olvidar nuestras raíces —dijo mirando a los ojos a su maestro, el Inquisidor Maestre.

—Entonces vayamos a la sala de ensamblaje y después daremos inicio al festejo de los nuevos inquisidores —Sylas sonrió y, de manera cariñosa, guanteó suavemente la mejilla derecha de Geralt—. Hoy os graduáis tres.

Sylas caminó con su aprendiz, disfrutando de las emociones que albergaban a Geralt. Era una de las cosas que más le gustaba, la ilusión de los nuevos inquisidores, como vivian cada segundo de su nombramiento, el reforjado de sus armas. Toda la ceremonia y proceso de graduación de los torque, sobretodo de los que él mismo instruía, le llenaba el corazón de gozo y satisfacción.

—De acuerdo —dijo Sylas tras el breve paseo sin conversación. Se encontraban frente a la sala acorazada de trabajo—, deja tu sable sin cristal y el

recién adquirido en la mesa de trabajo. Sigue todas y cada una de mis instrucciones, el adegan es un cristal peligros y muy inestable si no se trata con cuidado —Sylas desvió la mirada al suelo, abordándole nostálgicos recuerdos—. Mi padre me enseñó lo importante que era manejar con cuidado los cristales, es el momento de que comparta dicho conocimiento contigo.

—Gracias, maestro —dijo saludando con respeto Geralt. Abrió la puerta blindada que daba paso a la sala central, dejó ambos sables en la mesa de trabajo y, tras la aprobación de Sylas ambos salieron.

La habitación de ensamblaje se dividía en dos partes; un habitáculo central altamente blindado donde se encontraba la mesa de trabajo, y una segunda habitación que rodeaba a la primera. Los ventanucos blindados de la sala central permitían controlar y mirar el interior de ésta, permitiendo trabajar desde el exterior, usando la Fuerza.

—Usa la Fuerza. Primero desmonta el emisor y el cuerpo del sable sin cristal —le instruyó Sylas.. El muchacho lo estaba haciendo bien, suspendió en el aire el sable, desenroscó el emisor deslizando con sumo cuidado el cableado de los botones del control de punta de arco y longitud de la hoja—. Perfecto, no estires demasiado de los cables, separa el proyector de energía de campos cíclicos. Con cuidado, eso es. Muy bien —lo felicitó hablando en un tono taimado. Era importante que el chico no perdiera los nervios—. Mantenlo así. ¿Ves desde aquí el activador del cristal de enfoque? —le preguntó a Geralt señalando la cavidad central del sable.

—Sí maestro, lo veo —dijo nervioso Geralt. Temblaba, sudaba, estaba dudando de él mismo, de si podría mantener el flujo de poder durante el tiempo suficiente como para que todas las partes del sable

estuviesen quietas, a la distancia necesaria para no romper el sistema de alimentación.

—De acuerdo, dame un momento —Sylas hizo un gesto con la mano y rápidamente el sable que Geralt eligió en la armería levitó quedando a la altura del otro. desmontó con fluidez y rapidez el sable, desvalijando la célula de energía de diato a la cual estaba ensamblado el adegan. Desestructuró el pequeño soporte que sostenía los cristales de enfoque—. Debes tomar el control de la célula de energía completa y de los cuatro cristales de enfoque.

—Maestro… no sé si…

—No dudes —le interrumpió dejando el adegan y los cuatro cristales de enfoque en el aire, esperando que su alumno tomara el control de ellos—, si temes fallar aférrate al miedo para convertirlo en frustración y la frustración en ira, usa la ira para hacerte determinado, supera tus límites, Geralt.

Geralt consiguió mantener todas las piezas suspendidas. La célula de energía de diato con el adegan pesaba más de lo que esperaba por lo que oscilaba en el aire, dificultándole insertarlo por la parte de atrás del sable.

—No te pongas nervioso —vigilando Sylas todos los movimientos de Geralt—. Mantén de momento la célula—le aconsejó y rápidamente el chico la estabilizó—. Coloca los cristales de enfoque. Confío en ti, muchacho, eres uno de mis mejores torques, puedes hacerlo.

Geralt sentía las gotas de sudor deslizarse por la frente. Los cristales de enfoque estaban montados, sólo faltaba colocar la célula y reensamblarlo todo. Los elementos temblaban, demostrando su falta de concentración y control, sus dudas y debilidad. Geralt alzó la mano furioso, cerró el puño provocando que todo el sable

quedara rígido en el aire. Deslizó la célula al interior del sable gesticulando con la mano derecha.

—Estás yendo demasiado rápido, con calma, Geralt —aseguró Sylas sin tiempo para repasar la colocación de cada una de las piezas que el chico estaba recolocando—. Geralt, baja el ritmo te digo.

—Ya lo tengo, maestro. No me desconcentre —respondió con los dientes apretados. Finalmente acopló el emisor y dejó caer suavemente el sable sobre la mesa. El muchacho respiró agitadamente, se liberó de toda la tensión del proceso en el mismo momento que el arma tocó la mesa.

—Relájate, ya has acabado pero si te digo que vayas más despacio —le recriminó Sylas con dureza señalándole con el dedo—, me da igual que estés anegado por el lado oscuro, me obedeces.

—Lo siento —se disculpó Geralt agachando la cabeza—, maestro. ¿Puedo probar el sable?

—Sí, pero desde aquí, no he podido seguir bien el proceso final de ensamblaje y con que hayas puesto mal un cristal de enfoque es más que suficiente para que el sable quede inservible.

—Lo he puesto todo como me enseñó. Imagino que funcionará bien —dijo Geralt alzando la mano, levantando el sable y activándolo desde fuera de la sala. El láser malva pronto brilló con esplendor provocando en él una sonrisa de victoria— ¡Ya está! ¡Lo conseguí! ¡tengo la…

De pronto el láser titiló, emitió un extraño siseo y reventó toda la estructura en miles de pedazos, dejando la sala central cubierta con una densa nube negra. Los cristales blindados vibraron. El que tenían en frente y por el que estuvieron trabajando Geralt y Sylas se resquebrajó en una esquina.

—¡Te lo dije! —Sylas le dio un guantazo con el dorso de la mano— ¡si llego a permitir que cojas el sable ahora no quedarían de ti más que los pies! —le gritó mientras Geralt caía al desequilibrarse por el golpe—, insensato. ¡Nunca vuelvas a desobedecer una orden directa o te aseguro que yo mismo te daré muerte! —exclamó permitiendo que la ira se adueñara de todo su ser, mirando con profundo odio a su discípulo— Levántate. Hoy te gradúas, pero no tendrás tu arma completa hasta que consigas derrotar a otro Sith o Jedi —afirmó con amargura mientras Geralt se levantaba limpiándose la sangre de su labio partido—. Son las consecuencias de la desobediencia y la ineptitud, por no tomar en consideración la experiencia de quien te lo ha enseñado todo. La próxima vez ensamblarás el adegan y su sistema desde cero y como mi padre me enseñó a mi; sin una cámara acorazada que te proteja. Quizás siendo consciente del peligro tengas mayor sensatez a la hora de montar el arma.

—Sí, maestro —respondió Geralt avergonzado, tocándose la mejilla enrojecida—. Siento mucho haberos defraudado.

—Sylas, al fin te encuentro.

Sylas se giró, Arrgaxcena se encontraba en la puerta de la sala de ensamblaje.

—¿Que ocurre? La celebración de los nuevos inquisidores no es hasta dentro de tres horas.

—Lo sé, pero tenemos problemas —Arrgaxcena abrió el comunicador holográfico que portaba insertado su muñequera. Una pequeña imagen de Uss se mostraba en tonos azulados—. Tengo al Inquisidor Maestre aquí, como puedes ver —informó ésta a Uss.

—Si, verlo. Inquisidor Masstre —respondió Uss haciendo una reverencia—, la Jedi que sentí en Mandalore matar con tres de los cuatro inquisidores

enviados. Un consiguió sobrevivir e informar. Ella tiene habilidad extraña y parte es de los cazarecompensas Los Dragones Negros. ¿Órdenes, gran Inquisidor Masstre?

—Geralt, vete a tu habitación —ordenó al muchacho haciendo un ademán—. Arrgaxcena, ponte en contacto con el resto de los Inquisidores Mayores y organiza una reunión de urgencia en la sala de comunicaciones, pienso ir yo mismo a por esa Jedi, pero tenemos que decidir cuáles de vuestros recién graduados inquisidores están preparados para acompañarme.


Darth Gárgatus tomó asiento en la mesa de holoconferencias. Junto a él se encontraba su hijo, manteniéndose a su lado derecho y de pie como era tradición en las reuniones destacadas de los lores. En pocos minutos el resto de asientos de la sala fueron ocupados por los otros lores Sith. Gárgatus sentía inquietud, no entendiendo la finalidad de aquella reunión en cuerpo presente. Todas las naves comandadas por un lord poseía una sala de holoconferencias precisamente para mantener las conversaciones que fueran precisas sin necesidad de desplazarse a un punto concreto. Lord Ornalis convocó a todos en la nave nodriza que regentaba. Fue una llamada de máxima prioridad, por lo que no atenderla hubiese tenido consecuencias. De los treinta asientos que habían frente a la mesa, sólo se ocuparon once. Ornalis fue el último en entrar, cerrando la puerta tras él.

—Muy importantes deben ser los asuntos que ocupan a los que no han acudido a su llamada, Darth Ornalis —dijo Gárgatus.

—Gárgatus, siempre tan impaciente —espetó Ornalis quitándose la máscara de combate—. He decretado una reunión de emergencia presencial precisamente por lo que ves, Gárgatus. Sólo quedamos doce lores.

Todos los presentes se miraron, hablaron, murmuraron sorprendidos, los aprendices bufaban y gesticulaban pero no tomaban parte de las quejas, no tenían permitido tomar parte en las discusiones de sus maestros.

—De hecho, señores —cortó Ornalis el ajetreo de manera seca—, no he sido yo quien ha convocado la reunión —activó los reflactores holográficos para generar una imagen definida de luz verdosa en el centro de la mesa. Puso su puño en el corazón y bajó la cabeza en señal de respeto—; saludad al señor de los Sith, lord entre los lores, el último de los antiguos, Darth Exar Sadow.

Gárgatus, al igual que el resto, se levantó de la silla e hizo la misma reverencia que ejecutó Ornalis. Darth Exar Sadow era el dirigente de toda la raza, considerado el hijo ilegítimo de Naga Sadow. Se ganó a pulso a sangre y fuego el trono que ocupaba. Un Sith pura sangre, de la antigua raza, más de dos eones de edad y que sólo hacía aparición cuando era absolutamente necesario, pues Sadow mantenía una red de nueve acólitos a los que manipulaba mentalmente. Eran sus emisarios y debían ser tomados como su propia voz para cualquier menester que fuese necesario. Que el propio Sadow les hubiese convocado era un signo de que el tema a tratar era alto importante.

—Mis lores —dijo la imponente imagen de más de dos metros. Su voz era profunda y reverberante—, me asquea y defrauda que deba tomar cartas en el asunto que atañe al Imperio Sith debido a la ineptitud de mis máximos rangos. No habéis sido capaces de

tener el control de la situación —miraba uno a uno a los lores, con profunda decepción, de manera altiva y soberana sentado en su trono de piedra—, de mantener a raya a un grupo de insectos, usuarios de la Fuerza que ni rinden culto a la luz ni a la oscuridad, sino que se pierden procurando aprovechar las dos fuentes —Se giró en su trono, hasta clavar sus hundidos y tenebrosos ojos en Gárgatus—. Todo esto es culpa tuya —lo señaló con acentuada molestia—. Siempre animo a que torturéis a los Jedis, que juguéis con su honor y les dobleguéis hasta transformarlos en un siervo más del lado oscuro. Pero ese Jedi al que entrenaste, le dejaste marchar y esperaste ocho años para volver a por él… fuiste descuidado y necio al ser consciente del poder que manejaba —observó a todos los presentes. Todos mantenían su firme postura, la cabeza agachada y el puño cerrado sobre el pecho. Esperó un momento antes de seguir hablando—. Podéis tomar asiento. En cuanto a ti, Darth Gárgatus, cuando la amenaza de la Inquisición sea aplastadad serás despojado de tu condición de lord y ejecutado por tu aprendiz tras haber sido mantenido cuatro días en la cámara de torturas de una de las naves nodrizas que ya elegiré. Ese será tu castigo, y menor tiempo será el que se te torture cuanto antes ayudes a resolver el problema que has causado.

—Por supuesto, gran señor oscuro. Se hará vuestra voluntad —aceptó Gárgatus apretando la mandíbula, controlando el tono de sus palabras.

—Muchos no sois conscientes de porqué ese pequeño grupo ha ido a mayores, que la Inquisición de la Fuerza nos haya dañado tan profundamente. Mi consciencia se expande por toda la Galaxia, explora, investiga, asimila y recuerda todo lo que nos es relevante —Lentamente Sadow alzó su mano derecha y

apuntó al lord que estaba a su izquierda—. Darth Luxio, ilustra a tus hermanos.

—Gracias, gran señor —respondió Darth Luxio—. La cuestión es sencilla, el tal Sylas es un Baluarte de la Fuerza, como bien predijo el erudito Sith Dark Julius.

—¿Baluarte de la Fuerza? —preguntó extrañado Darth Corba, un chiss tuerto que siempre lucia una máscara de media faz.

—. Las antiguas escrituras contemplan un párrafo de Dark Julius donde se vaticina el día en el que se alzaría un usuario de la Fuerza con un don poco común entre los demás usuarios —Luxio tecleó en la pantalla táctil sobre la mesa y en respuesta se abrió un texto holográfico frente él—. Cito: “Ese usuario será la señal del despertar de los Baluartes de la Fuerza. Él será el primero y en los veinte años venideros florecerán cinco más de su misma condición, con dones diferentes. Cuando los seis baluartes sean una sola potencia, no solo por sus dones sino porque la Fuerza así lo dispensará, se convertirán en los señores de toda la Galaxia. Fatídica será la aparición de los Baluartes pues de no ser protegida su existencia y mantenido su legado, si los Baluartes de la Fuerza fueran erradicados, todos los usuarios seríamos castigados por la Fuerza, una gran perturbación azotará la Galaxia, una perturbación de tal magnitud que ningún usuario podrá hacer uso de la Fuerza durante los siguientes cuatrocientos años después de la muerte del último Baluarte”

—¿Eso quiere decir que hay que capturar con vida al líder de los Inquisidores? —preguntó Darth Mauxa, una Sith pura sangre de fuerte carácter e imponente presencia.  

—No, Darth Gárgatus personalmente se encargará de matar a ese parásito —secundó Sadow—. Pero de lo que estos escritos nos advierten es de que hay que encontrar un Baluarte hembra y dejarla en cinta por otro Baluarte, mantener su legado pero en una mazmorra, dejando sólo siempre dos y separados en sus celdas.

—En efecto, para poder engendrar un Baluarte, según las escrituras de Dark Julius, “La semilla de los Baluartes no podrá ser concebida con el resto de los seres de la Galaxia” —advirtió Darth Luxio—. Por lo que hay que localizar y capturar tanto a un macho como a una hembra de razas que sean compatibles para la procreación.

—Carel Muga, mi aprendiz, es otro de los Baluartes —intervino Lord Alam Kurl, una trianni de pelaje negro y rayas grisáceas cuyos ojos, a causa del uso del lado oscuro, estaban imbuidos en un color purpureo luminiscente—. Hace tres meses demostró tener un control excepcional sobre la Fuerza, es capaz de hacer estallar en rayos cualquier cosa o ser a cien metros de distancia o menos.

Los lores se agitaron ante la noticia, en parte sorprendidos en parte molestos y envidiosos.

—Es por eso que Darth Alam Kurl se quedará en la nave nodriza Uffa Aggis—dijo Sadow mirando con desdén a la trianni—, manteniendo a salvo a su aprendiz, esa será su máxima prioridad. Contarás para ello con las fuerzas militares a cargo del capitán de la nave. Dividiremos nuestras fuerzas; una parte del ejército buscará a los Baluartes por toda la Galaxia mientras Gárgatus, con ayuda de Darth Lexio se encargarán de aniquilar a la Inquisición de la Fuerza.

—Gran señor oscuro, quisiera formar parte de la partida de búsqueda. Conozco el paradero de una

Jedi que hemos sabido que goza de cualidades peculiares—solicitó con respeto pero efusivamente Alam Kurl.

—No —alzó la mano izquierda Sadow sin ni tan siquiera mirarla—, tú ya tienes tus ocupaciones y espero que las cumplas con eficiencia, Darth Alam. He movilizado al escuadrón Cuervo, son nuestros mejores espías y su general y sargento, las hermanas Dixtra, nunca han fallado en las operaciones más complicadas y peligrosas. Tras tu informe envié a uno de mis acólitos dándoles órdenes a ambas de encargarse a ir a las coordenadas que facilitaste.

— El escuadrón Cuervo no son una fuerza militar potente, gran señor, ¿deseáis que preste parte de mis hombres por si aparece la Inquisición?

—Darth Alam, su tendencia a contrariarme, me resulta molesta —dijo hastiado Sadow usando la Fuerza para lanzar a la lord Sith por los aires, estrangulándola después de ésta golpearse violentamente contra el techo—. Ya os he dado un cometido. Ya sé que la Inquisición encontró a la Jedi en cuestión, que sus hombres murieron intentando acabar con ella —Sadow oprimió con mayor fuerza la garganta de Alam. La trianni abrió sus fauces buscando una bocanada de aire, sus ojos enrojecían por momentos a causa de la falta de oxígeno—. Es evidente que la Inquisición volverá a intentar dar con ella y con mejores caballero. ¿Crees que no lo tengo en cuenta? ¿acaso piensas que no sé lo que me hago, estúpida trianni? Todo está orquestado, planeado por si aparecen. Nunca vuelvas a intentar manipularme para hacer lo que crees que es mejor pues no eres más que una herramienta del lado oscuro bajo las órdenes del Imperio Sith.

Todos los lores se mantuvieron impasibles, no pestañearon, ni hicieron gesto alguno. Conocían las

capacidades del gran señor oscuro y no querían sufrir su ira interrumpiéndolo o intercediendo por la trianni. Exar Sadow liberó de su presa a Darth Alam Kurl poco antes de que ésta perdiera el conocimiento. La Sith se llevó las zarpas al cuello tosiendo con dificultades, respirando agitada con urgente necesidad. Lord Luxio miró al gran señor oscuro, quien se mesaba las trenzas tentaculares.

—Esperaré pues el informe de las hermanas Dixtra antes de iniciar la búsqueda de la Inquisición. Es muy probable que esperen pacientes a que algún inquisidor aparezca y es seguro que usarán sus artimañas para localizar el paradero del resto de ellos. Sea como sea nuestro servicio de espionaje podría ayudarnos a localizar la base de operaciones de la Inquisición de la Fuerza.

—Entonces yo buscaré otra manera —dijo Gárgatus—. Usaré todas mis herramientas, conocimientos y el mayor potencial del lado oscuro para aniquilar a Sylas y sus seguidores.

—Hacedlo como queráis —dijo Exar Sadow haciendo ademanes por no querer más explicaciones—. Ambos sois dos lores con dificultades para trabajar con otro de su mismo rango. Llevad a cabo vuestra misión de la manera que os sea más conveniente pero, si me falláis os desollaré yo mismo. El renacimiento de los Sith está en manos de todos y cada uno de los presentes. Sed cautos, organizados y tenaces o nos arriesgamos con ser sometidos al yugo de los Baluartes de la Fuerza… o aún peor, si la incompetencia de Luxio y Gárgatus alerta a nuestros enemigos y no consiguen acabar con ellos de manera rápida, siento en la Fuerza que ésta se inclinaría por beneficiar a la Inquisición y acabaríais todos muertos.

Exar Sadow cortó la comunicación, entonces los lores comenzaron a discutir cómo dividir sus tropas, naves y

hombres para realizar las funciones de búsqueda de los Baluartes. Luxio y Gárgatus se miraron significativa-mente.

—A parte de las exigencias del gran señor oscuro, yo he solicitado al escuadrón Cuervo que se infiltren en los cuarteles generales del Imperio Galáctico.

—Tú también sospechas de que estén proporcionando recursos a la Inquisición, por lo que veo —respondió Gárgatus con indiferencia.

—Tu antiguo aprendiz es un Baluarte, sí, pero dudo mucho que sus dones especiales generen créditos o recursos suficientes como para poseer G-Tais y una nave de combate del tamaño necesario para transportar los Tais, sus pilotos y al resto de los inquisidores. Es sencillamente usar la lógica.

—No soy un joven aprendiz, ni uno de tus estúpidos soldados, todas esas explicaciones sobran. Me quieres pedir algo, deja de dar tantos rodeos y habla.

—Bueno, si los servicios secretos consiguen demostrar alguna relación con los inquisidores y el Imperio Galáctico, podrías encargarte tú de hacer las acciones políticas pertinentes. Presentarte ante el emperador y hacerle saber que sus relaciones con la Inquisición perjudicaría muy seriamente el tratado de paz que firmamos hace años. Si por cualquier motivo deciden eliminar al mensajero y seguir adelante, patrocinando a la Inquisición… —Luxio dibujó una amplia sonrisa—… no sería una gran pérdida que os asesinara, a fin de cuentas, acabe esto como acabe, tú ya estás muerto y además dicha acción nos permitiría iniciar una guerra.

—¡Cómo te atreves! —Boronird desplegó sus sables al mismo tiempo que el aprendiz de Lord Luxio se interpuso entre su maestro y él.

—Boronird, guarda las armas —ordenó Gárgatus percatándose de cómo el resto de lores guardaron silencio, esperando la conclusión del enfrentamiento. Nadie intervendría, disfrutaban con las confrontaciones ajenas—. No merece la pena alterarse por las palabras de quien no tiene mayor poder que ese; peroratas y vagos intentos de ofensas —Gárgatus abandonó lentamente su asiento sin dejar de atender a Lord Luxio, no sería muy inteligente por parte de éste pero Gárgatus no sabía si éste intentaría atacarlo. Pese a su visión cibernética y difusa, era capaz de apreciar como Darth Luxio continuaba sonriendo—. Vámonos, Boronird, tenemos una misión que cumplir, por el Imperio Sith, por la grandeza de nuestro señor oscuro. Todo lo demás es basura, indiferente, Boronird. Ya sean las palabras de éste engreído incapaz de librar sus propias batallas singulares, ya sea el final que me espera una vez acabe con mi cometido.

Continuará.... 

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